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Vivir

¿Cómo lograr vivir la fidelidad en el matrimonio?

Felipe de Jesús Hernández y Cristina Parra

2020-01-01

Familia, Matrimonio

La fidelidad sí es posible porque es un don de Dios. Hay que pedirlo y trabajar en él

 

Generalmente se entiende la fidelidad como la exclusividad de estar íntimamente con una sola persona, pero es algo mucho más grande, mucho más extenso.

Implica primero ser fiel a ti mismo, a tus creencias, tus principios, tus convicciones. Tienes que creer en ti, en lo que puedes lograr, en lo que vales, en los talentos que Dios te dio.

Después viene creer en el otro: en tu hermano, en tu novio, en tu cónyuge, en tu jefe, en tu compañero, en tu maestro, en todos ellos debes creer en lo que son y en lo que pueden llegar a ser. 

Necesitamos volver creer en las promesas, en las relaciones y alianzas que hacemos, antes se confiaba, ahora no; antes bastaba la Palabra dada para realizar una venta de un terreno, una casa, hacer préstamos de dinero. Ahora no es suficiente ni con los papeles firmados, no estamos siendo fieles, no estamos dispuestos a cumplir. Es necesario que cumplamos nuestros compromisos, nuestras promesas, tanto como las amenazas o consecuencias cuando no se llegan a acabalar los retos.

Fidelidad habla de reservarnos los problemas o dificultades y no andarlos divulgando a otras personas, no ventilar los defectos de mi novio/a, esposo/a en público como diversión. No hacer bromas ofensivas o hirientes referentes a él/ella. Fidelidad es cuidar su “fama” ante los demás incluyendo los hijos. Tampoco se trata de mentir o engañar.

Fidelidad también es tener un proyecto común, hacer un plan familiar y conyugal para saber hacia dónde queremos dirigir nuestra familia: Escuela privada o escuela pública; permitir celular o no y a qué edad; qué permisos daremos y cuáles no; cómo vamos a vivir nuestra fe, en qué apostolados vamos a participar, cómo instruiremos a los hijos en los valores y principios.

Fidelidad es que cada cual cumpla con el rol que le toca dentro de la dinámica familiar, que el papá sea cabeza, autoridad, protector, proveedor; que la mamá sea quien esté al pendiente de que, en el hogar, encuentren los satisfactores que requieran, cubran sus necesidades afectivas y emocionales. Que los hijos se dediquen a estudiar, apoyar en casa… porque luego alguno de los padres se comporta como hijo/a o le damos a un crío las responsabilidades de un adulto o un progenitor.

Fidelidad es, en lenguaje deportivo, ponernos la misma camiseta, tirar hacia la misma portería. Si la relación entre dos personas es como un viaje en canoa, la fidelidad es tomar acuerdos para marcar entre los dos en un mapa a dónde queremos llegar y hacer el plan de navegación, tomando en cuenta las corrientes del agua y del viento a los que nos podemos enfrentar y que necesitaremos corregir nuestro rumbo, y esforzarnos más para no desviarnos del camino.

Fidelidad también es respetar la autoridad del otro y no contradecirla, no estar interrumpiendo sus conversaciones negando sus afirmaciones. En caso de considerar que es injusto/a, hay que mencionarlo en privado para que pueda cambiar sus decisiones.

 El que se mostró digno de confianza en las cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes. (Lc. 16, 10).

La fidelidad no es una carga impositiva, restrictiva, opresora sino una opción liberadora, plenificadora, pacificadora al tener la conciencia tranquila de lo que estamos haciendo lo estamos haciendo bien. Cuando haces lo que debes hacer, cumples tus responsabilidades, estás siendo fiel.

Pídele a Dios la fortaleza para ser siempre fiel.

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