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¿Para qué sirve rezar? ¿Realmente Dios me escucha?

Pbro. Juan Carlos Mayorga Enríquez

2020-01-01

Jóvenes, Principios de la fe católica, Oración

Muchas personas se han sentido abandonadas cuando piensan que Dios no les escucha o no atiende sus peticiones

 

Una vez, una persona me expresó este duro lamento: “Me siento engañada. Me habían dicho desde pequeña que Dios era bueno y protegía y amaba a los buenos, que con la oración todo obstáculo se podía vencer, que Dios concedía todo lo que se le pedía. Pero… no es así. ¿Por qué Dios se ha vuelto sordo a lo que le pido? ¿Por qué no me escucha? ¿Por qué permite que esté sufriendo tanto? Empiezo a pensar que detrás de ese nombre, “Dios”, no hay nada. Que es todo es una gigantesca fábula. Que me han engañado como a una tonta desde que nací”. 

Esta queja, amarga y dolorosa, de una mujer afligida por una serie de desgracias, corresponde a un tipo de quejas de las más antiguas que se escuchan contra Dios. Muchos, al buscar una respuesta o una solución a sus problemas en la oración, y no lo obtienen, creen que Dios se ha hecho el sordo, o bien, que simplemente no existe. Este tipo de quejas generalmente se escuchan entre quienes viven un tanto distantes de Dios y de la Iglesia, y su fe es débil. Para estas personas, Dios es sólo como un paracaídas: existe para los casos de emergencia, pero esperando no tener que usarlo jamás. Una falsa imagen de Dios, nos lleva a verlo de una manera utilitarista: Dios es bueno, en la medida en que me conceda lo que deseo, pero dejaba de serlo cuando me hace marchar por un camino más costoso o difícil.

Pero, ¿qué no es cierto que Dios nos escucha siempre, y que Él es bueno y está dispuesto a darnos lo que queramos? ¿Qué no fue el mismo Jesús quien dijo: “pidan y se les dará”?

Con la oración, nos dirigimos a Dios y le expresamos nuestras inquietudes y preocupaciones. Es cierto que con la oración Dios nos concede lo que le pedimos, pero solo cuando eso que pedimos sea lo que realmente necesitamos. No tendría sentido que nos concediera cosas que no nos convienen, y nosotros no siempre acertamos a saber qué es realmente mejor para uno. Un buen padre de familia, no les da a sus hijos lo que quieren, sino lo que realmente necesitan. Y Dios, que es nuestro Padre, nos ama intensamente, Él sabe mejor qué es lo que nos conviene. La buena oración no es la que logra que Dios quiera lo que yo quiero, sino la que logra que yo llegue a querer lo que quiere Dios para mí. 

Corremos el riesgo de tratar a Dios como a un fontanero, del que solo nos acordamos cuando los grifos o tuberías marchan mal. A su vez, si amamos a Dios porque nos resulta rentable, porque nos conviene, es confundir a Dios con un buen negocio. Esto es una instrumentalización egoísta de Dios. Para superar esas falsas imágenes de Dios, Él nos envía pruebas para purificarnos. Muchas veces, el dolor, por grande que sea, puede ser el momento verdadero en que tenemos que demostrar si amamos a Dios o nos limitamos a utilizarlo.

Es verdad que el sufrimiento es a veces difícil de aceptar y de entender. Pero, como decía la Madre Teresa de Calcuta, nuestros sufrimientos son como caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él. Son muchos los males que afligen al mundo y a nuestra propia vida, pero eso no debe llevarnos al pesimismo, sino a la lucha por la victoria del bien. Y esta lucha por la victoria del bien, en el hombre y en el mundo, nos recuerda la necesidad de rezar. Las pruebas difíciles en la vida, sólo se superan con oración, en la cual aprendemos a confiarnos de Dios, aunque a veces no existan muchos motivos para confiar en Él.

Pero, ¿la oración no podría convertirse en un refugio para los que no quieren afrontar sus problemas en la vida? ¿No podría ser una evasión, ante las responsabilidades que como personas y sociedad tenemos?

Sí, es cierto que se corre ese riesgo de quedarnos de brazos cruzados, dejándole toda la responsabilidad a Dios. Pero, la fe y la esperanza cristianas no son ese balido paciente de ovejas cobardes con que algunos parecen identificarlo. Por el contrario, el que reza no puede pretender que Dios haga el trabajo que le corresponde hacer a él, y la oración no es una simple espera de que alguien venga a resolver lo que nosotros hemos de resolver. Dios nos ha dado muchas capacidades para que busquemos resolver nuestros problemas. Pero, lo que nos pide, es que recordemos que siempre dependemos de Él.

En realidad, la oración es algo muy distinto, y millones de seres humanos han encontrado en ella a lo largo de los siglos no solo consuelo, sino una luz y una fortaleza grandes. La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de tantos hombres y mujeres que con la oración, y con decisión, han logrado superar muchos obstáculos, como guerras, catástrofes o conversiones de grandes pecadores. Quizá tú has escuchado, con cierta incredulidad, muchos milagros que han sucedido por la oración. Esto no es una sugestión, es una realidad. Son muchos los testimonios de personas, quizá cercanas a ti, que dan gracias a Dios porque sus súplicas fueron escuchadas. 

Pero muchos dicen que han intentado hablar con Dios y no oyen ninguna respuesta..., que no escuchan nada en la oración, que es algo inútil. 

Nadie consideraría inútil un piano por el simple hecho de haber obtenido una penosa melodía al teclearlo al azar. Si yo no sé tocar un piano, éste va a sonar muy mal, por muy fino que éste sea. El problema no es que la oración sea inútil, sino que hay que aprender a hacer oración. Muchos que creen que al orar, se va a escuchar la voz de Dios de una manera clara. Pero, en la oración no escucharemos ninguna respuesta con voz de ultratumba que nos hable solemnemente. La oración no es cosa de fantasías. La respuesta que nos da Dios, se escucha con el corazón. Sí, en el silencio del corazón es donde habla Dios, y Él es amigo de ese silencio. Y si nosotros traemos tanto ruido y no aprendemos a callarnos para escuchar a Dios, ¿realmente obtendremos la respuesta a nuestros problemas?  

Necesitamos escuchar a Dios, porque lo que importa no es lo que nosotros le decimos, sino sobre todo lo que Él nos hace ver. Dios no habla demasiado alto, pero nos habla una y otra vez a través de todo lo que nos sucede. Los mismos hechos de la vida, nos van marcando la voluntad de Dios. Peor, oírle depende de que, como receptores, logremos estar en buena sintonía con el emisor, que es Dios, y sepamos vencer las muchas interferencias que a veces produce nuestro propio estilo de vida. Así escucharemos lo que nos pide o lo que nos reprocha, y caeremos en la cuenta de lo que espera de nosotros. 

¿Y, con tanto rezar, no corren peligro de alejarse un poco de la realidad? 

No, al contrario. Cuando lo buscamos con sincero corazón, Dios nos sitúa en nuestra realidad, por dura o difícil que sea. Él nos ayuda a saber dimensionar nuestros problemas, y a darnos cuenta de que muchas veces los vemos como insuperables, pues sólo contamos con nuestras pocas fuerzas. 

Claro, algunos pensarán que orar es cosa de sugestión. Sin embargo, quienes verdaderamente tratan con cercanía y profundidad a Dios mediante la oración son más reflexivos, más ponderados, más certeros en sus juicios, con una humanidad más sensible. Ellos obtienen luces y respuestas que no hubieran tenido sino fuera a partir de ese trato íntimo con Dios. 

Además, la oración en silencio no aísla jamás a las personas de los otros seres. Al contrario, les hace comprenderlos mejor, entrar más en su interior. La verdadera oración otorga al hombre una madurez, un equilibrio de alma y unos modos sensatos y profundos de entender la vida propia, y la de los demás. 

Termino diciéndote que la oración enriquece enormemente a cualquier persona que la practique. Buscar unos minutos al día de pausa cordial para el encuentro con Dios en el fondo del alma, elevándose un poco por encima del trajín y el ruido de nuestras actividades cotidianas, dejando por un rato esas preocupaciones que agobian (o precisamente tratando de ellas en la presencia de Dios); y tomar, por ejemplo, el Evangelio o cualquier libro que nos ayude a elevar nuestro pensamiento hacia Él; y leer una frase, unas pocas líneas, y dejarlas calar dentro de sí, como la lluvia cae sobre la tierra. Eso, aunque solo sea unos pocos minutos, pero cada día, a la vuelta de poco tiempo produce un sorprendente enriquecimiento interior.

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