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¿Da igual una religión que otra?

Pbro. Juan Carlos Mayorga Enríquez

2020-01-01

Apologética, Principios de la fe católica

¿Por qué creer sólo en Jesús y no en Buda, Mahoma u otro fundador de otra religión?

 

Muchas veces nos damos cuenta de que no es fácil elegir. Hay tan opciones que terminamos confundiéndonos. Si tan solo hubiera una opción, no existiría el riesgo de equivocarnos al buscar la mejor. Además, muchas opciones parecen que son igualmente válidas. Lo mismo sucede cuando hablamos de religión. Hace algunas décadas, no se conocían tantas opciones para vivir una religión como ahora, y por ello, es común que escuchemos comentarios como este:  

Aunque crea que Dios existe, hay muchas religiones para elegir. Soy de los que piensan que todas las religiones son buenas. Generalmente, todas llevan al hombre a hacer el bien, exaltan sentimientos positivos y satisfacen en mayor o menor medida la necesidad de trascendencia que todos tenemos. En el fondo, da igual una que otra. Además, ¿por qué no va a poder haber varias religiones verdaderas?. 

Ciertamente hay que ser de espíritu abierto y apreciar todo lo que de positivo haya en las diversas religiones, pero me parece que no se puede pensar seriamente que existan varias que sean igualmente verdaderas. Si solamente hay un Dios, no puede haber más que una verdad divina y una sola religión verdadera. 

Porque una cosa es tener una mente abierta y otra muy distinta, decir que cada uno se fabrique su religión, y que no se preocupe de cuál religión profesa, porque todas van a ser verdaderas. Tampoco es serio decir que pueden ser verdad, al mismo tiempo, religiones diversas que se oponen en muchas de sus afirmaciones y sus exigencias. Por ejemplo, hay religiones que creen en la reencarnación de las almas, y en cambio, el cristianismo afirma la resurrección de los muertos. ¿Cuál de estas posturas es la verdadera?

- Entonces, ¿cómo se debe elegir una religión? 

La religión no es como elegir en un supermercado el producto más atractivo. Alguien que es inteligente y sensato no va a elegir la religión que más le fascine, sino más bien va a buscar aquella que es la verdadera. Esto significa que se debe distinguir muy bien entre lo verdadero y lo falso, profundizando lo más posible en la búsqueda de la verdad, y no solamente quedarse con una imagen superficial de lo que una religión realmente ofrece. Cuantas falsas religiones han llevado al hombre a la destrucción. 

– Pero, ¿tú crees que el cristianismo es la verdad para todos? 

Sí, naturalmente, pues soy católico. Si uno no cree que su fe es la verdadera, lo que le sucede entonces, sencillamente, es que no tiene fe. Además, al conocer más mi religión he descubierto que, aunque quienes la vivimos no somos perfectos, sí es la religión verdadera, pues es la que el Hijo de Dios confió a sus apóstoles. 

– ¿Dices entonces que todos los que profesan una religión distinta a la cristiana están completamente equivocados? 

Completamente, no. Muchas religiones tendrán una parte que será verdad y otra que contendrá errores. Hay religiones más verdaderas que otras. Y esto lo podemos ver por los efectos de estas religiones en la sociedad y en las personas. Por esta razón, la Iglesia Católica nada rechaza de lo que en otras religiones hay de verdadero y de santo. La Iglesia considera, con sincero respeto, los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad, que es Jesucristo, que ilumina a todos los hombres. 

Pero, ¿puede uno salvarse con cualquier religión? 

Dios se da a conocer a todo aquel que lo busca con sinceridad de corazón. Pero esa búsqueda no puede ser motivada por una simple curiosidad, sino porque se desea vivir en la verdad y poder así vivir mejor, conforme a lo que Dios ha pensado para nosotros. 

Sin duda, Dios es justo y juzgará a cada uno por la fidelidad con que haya vivido conforme a sus convicciones. Si una persona se esforzó por vivir bien, amando a los demás, Dios lo tendrá muy en cuenta, pues Dios de Jesucristo es el Padre de todos los hombres. 

De hecho, la Iglesia católica dice que los que sin culpa de su parte no conocen el Evangelio, ni a la Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.

Ahora, quienes hemos tenido la suerte de conocer a Jesucristo, que se hace vivo y presente en la Iglesia, debemos sentirnos dichosos, pues estamos en la religión verdadera. Quizá no hemos caído en la cuenta de que la fe es un regalo muy grande que hemos recibido desde pequeños. Mientras que otras personas poco o nada han oído hablar de Jesucristo, nosotros sí hemos tenido la oportunidad de conocerlo. Para quienes hemos sido bautizados, la fe es un regalo que debemos compartir con los demás, y aunque respetemos las creencias religiosas de los demás, no por ello dejamos de anunciar con nuestra vida, que Jesús es el Hijo de Dios.

Y ¿qué tiene de especial la persona de Jesucristo? ¿Por qué creer en Él, y no en Buda o Mahoma?

Lo que distingue a Jesús de Nazaret de cualquier otra gran figura religiosa, es que es el Hijo de Dios. Él es el único hombre que ha dicho que es igual a Dios. Y no solamente lo dijo, sino que actuó como tal. Sus milagros confirman que Él hacía sólo lo que Dios podría hacer, como es el caso de la resurrección de su amigo Lázaro, o el calmar las tempestades y caminar sobre las aguas.

Los grandes fundadores de religiones, como Confucio, Lao-Tse, Buda y Mahoma, jamás tuvieron la pretensión de ser Dios. Mahoma se decía profeta de Allah, Buda afirmó que había sido iluminado y Confucio y Lao-Tse predicaron una sabiduría. Sin embargo, Jesucristo afirma ser Dios. Lo que sorprendía y admiraba a la gente era la autoridad con la que hablaba y el poder de sus palabras. ¡Lo que decía, se cumplía, pues era Dios! 

Esto nos hace pensar que el cristianismo es muy diferente a otras religiones, porque éste tiene su origen no de un hombre que nos habló de Dios, sino de Dios mismo que se ha hecho hombre. 


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