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Conocer

¿Qué hizo Jesús en su vida oculta?

Pbro. Ricardo López Díaz

2020-01-27

Jesús, el hombre

El Mesías llevó una vida tan sencilla y tan anónima como la inmensa mayoría de la humanidad

 

Podría parecer que conocemos mucho sobre la vida de Jesús: su llegada al mundo, su predicación, sus milagros, su muerte y resurrección… sin embargo, ¿te das cuenta de que eso que conocemos no llega a ser ni apenas la décima parte de su vida? ¡En verdad! Hay un gran misterio en torno a lo que se le llama “vida oculta de Jesús”. 

San Marcos y San Juan comienzan a hablarnos de Él siendo ya adulto, en su aparición pública. San Mateo y San Lucas sí nos reportan algunos sucesos en torno a su nacimiento y primeros años, pero muy escasos… de cuando fue presentado al Templo siendo un bebé en brazos de María y José, nos “brincamos” a cuando tenía doce años y fue hallado por sus padres dialogando con los doctores de la ley. Pasado este suceso, la última noticia que tendremos de Jesús, hasta que inicie su ministerio mesiánico aproximadamente a los 30 años (Lc 3,23), será que bajó con sus padres a Nazaret y vivió sujeto a ellos […] Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres. (Lc 2,51-52).

Dieciocho años de silencio ininterrumpidos. El Salvador del mundo en el anonimato total, el Hijo de Dios perdido entre los hombres más comunes, sin que se reporten grandes hazañas. ¿Cómo pudo el Hombre más amado y más influyente de la historia ser ignorado por tantos años? Hay quienes quieren llenar este hueco deduciendo que Jesús era un niño prodigio, que impresionaba con sus milagros y cautivaba con sus enseñanzas; otros hay que lo imaginan haciendo viajes a las civilizaciones más remotas, donde aprendería toda su sabiduría; o quienes incluso le atribuyen haber pertenecido a oscuras sectas. 

Pero no. De nada de eso hay noticia, porque nada de eso ocurrió. Es más verosímil el hecho que tantos se resisten a aceptar: que el Mesías llevó una vida tan sencilla y tan anónima como la inmensa mayoría de la humanidad, en la que vino a encarnarse. No vino a salvar únicamente a genios y famosos, sino que asumió también —y la mayor parte de su vida— esa condición humana en la que la persona crece y aprende, sueña y lucha, cae y se levanta, ríe y llora, libra sus propias batallas sin que esto sea noticia para nadie, y vive una rutina la mayor parte de sus días. 

¿Cómo pudo Jesús aprender, crecer y progresar, si Él es Dios, y en Dios no cabe ninguna imperfección e ignorancia? Ciertamente es Dios, pero también verdadero hombre, y como tal tuvo que pasar las mismas etapas de todo ser humano. No es que haya pasado de ser “menos Dios” a “más Dios”, sino que así como el sol al amanecer va mostrando progresivamente su luz, así en la humanidad de Cristo se fue madurando cada vez más su personalidad, y su observación de la vida cotidiana de los hombres le daría las palabras adecuadas para hablarnos del misterio del Reino de Dios.

Jesucristo nunca habló en un lenguaje oscuro, comprensible para solo unos cuantos eruditos. Predicó profundas verdades de una forma que hasta el más humilde e iletrado campesino pudiera comprender. Y si es verdad aquello de que uno habla de lo que ha vivido, entonces la forma de hablar de Jesús nos revela que en esos años en los que permaneció oculto, vivió lo más cotidiano que vivían los hombres de su tiempo.

Jesús miraba con fascinación las flores del campo, vestidas con más belleza que los poderosos reyes… observaba a las aves que despreocupadas se dedicaban a vivir cada día. Se fijó cuanta levadura usaba su Madre para fermentar la masa, cómo tiraba la sal que se había vuelto insípida; observó que la lámpara se colocaba en un lugar alto para iluminar, nunca debajo de la cama o dentro de una olla. Alguna vez en su vecindario oyó a una mujer loca de alegría por encontrar la moneda que había perdido; alguna vez lo despertó a medianoche un vecino para pedirle con insistencia un pan para una visita; fue invitado a la boda de algún paisano, y sucedió que unas doncellas del cortejo del novio se quedaron fuera por no haber llevado suficiente aceite. Se fijó cómo las gallinas reúnen a sus pollitos bajo sus alas, y que donde hay buitres, es porque hay un cadáver. 

Dudo mucho que alguna vez haya multiplicado panes y peces para evitarse la fatiga de trabajar. Como cualquier hombre, supo lo que era ganarse el alimento con el sudor de su frente. ¿En qué trabajó Jesús? Era conocido como “el hijo del carpintero” (Mt 13,55) y cabe suponer que heredó el oficio de José, sin embargo en su predicación no hace ninguna referencia al oficio de carpintero. Probablemente alguna vez se empleó como pastor, que amaba a sus ovejas y las conocía por su nombre, y llegó a dejar el rebaño completo para ir buscar una sola oveja. Quizá también se encalló sus benditas manos en las labores del campo, y observó cómo la semilla daba fruto según el terreno en que caía; tuvo que empuñar el arado y siempre mirar de frente, nunca hacía atrás, para que el surco saliera derecho; le tocó formarse para recibir su paga y ver la indignación de unos porque el patrón le pagó igual a otros que trabajaron menos. 

Al igual que lo hacía su Madre, Jesús también guardaba todas estas cosas en su corazón y las meditaba, transformar la cotidianidad en sabiduría y así dar a conocer el misterio del Reino. Como todo joven judío acudía a la sinagoga y escuchaba las explicaciones de los rabinos sobre la Ley y los Profetas; pero en lugar de solo memorizar, profundizó en su verdadero sentido, para luego darnos a conocer que Dios es Padre, que ninguna ley o tradición religiosa están sobre la dignidad de la persona, y que el resumen de toda la Ley es el Amor. Como buen judío acudía cada año al Templo de Jerusalén, pero fue comprendiendo que Dios no podía estar encerrado en los límites de un santuario, y que los sacrificios animales que allí eran ofrecidos eran inútiles para salvar a los hombres. 

Jesús era un joven común, y al mismo tiempo especial. Seguramente llamó la atención que no se haya casado y formado una familia, cuando todos los demás jóvenes lo hacían a corta edad. Pero bien sabían que Jesús no era ningún solterón, sino un hombre con un amor tan grande, que no podía estar limitado solo a una familia. Tenía una vocación especial, y en su caso el hecho de no casarse no era algo antinatural, sino sobrenatural. Tenía una conexión especial con Dios, con quien pasaba largas horas en solitario y a quien se refería como “mi Padre”. Esta identificación con Dios, con su identidad y su misión, fueron creciendo hasta que irrumpió rompiendo el silencio.

Jesús es fascinante en lo que sabemos de Él, y lo es incluso también en lo que desconocemos. 


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