Conocer
¿De qué religión era Jesús?
Pbro. Rodolfo Salas Caparrós
2020-01-27
Jesús, el hombre
Jesús fue judío. Nació judío, vivió judío y murió como judío.
Y ¿de qué religión era Jesús? Puede parecer una pregunta obvia… si Jesús es a quién siguen los llamados cristianos, pues Jesús tuvo que ser cristiano ¿no? Pues.. no. Jesús fue judío. Nació judío, vivió judío y murió como judío.
Jesús fue hijo del pueblo judío y se formó en una familia judía; José y María eran personas de convicciones profundas; vivían su religiosidad aprendida de sus mismos padres y esta era su norma de vida, por ello podemos decir que Jesús vivía en un ambiente de profunda piedad. Sabemos por las Sagradas Escrituras que a los cuarenta días fue presentado al templo, cumpliendo sus padres todo lo prescrito por la ley judía (Lc 2, 22-24). Con el testimonio de vida y un corazón abierto a sus padres, Jesús aprendía lo que ellos vivían y para él también fue una norma de vida. “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2, 40). Esto se realiza gracias también al obrar de José y María. El amor, la paciencia, la cercanía, el andar con Jesús ayudó a que sus padres pudieran trasmitirle significativamente este conocimiento que se trasformó en una experiencia profunda de vida.
Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua, pues respetaban las fiestas judías, y a la edad de doce años llevaron a Jesús a esa fiesta. Con ellos vivía y aprendía las cosas de Dios. Lo sorprendente para los sabios del momento, los Doctores de la Ley, era su extraordinario conocimiento de los Textos Sagrados, pues la misma Escritura nos narra que se quedó en medio de ellos y los dejó estupefactos. El Evangelio menciona también la forma normal como fue desarrollándose su crecimiento en todos los aspectos, la sabiduría que se iba haciendo en él un conjunto de principios de acción que lo llevaban a proceder con la mayor naturalidad, y así también con no menor naturalidad se iba ganando la benevolencia de sus compañeros, de sus vecinos, y el Evangelio señala que también la de Dios (Lc 2,49)
Su conocimiento de la Escritura lo adquirió gracias a que sus padres rezaban los Textos y los vivían con mucha fe. Para José y María no era una cosa excepcional el que rezaran y recitaran con frecuencia las Escrituras, era un modo de vivir y de actuar.
Jesús era un hombre muy seguro de sí y de sus propias ideas; tanto, que no se dio demasiada importancia. Esto lo pudo aprender de su padre el carpintero que con sencillez pudo vivir su vida y compartirla con su familia. Una de las características más sobresalientes de Jesús, fue su humildad: el no haberse dado mucha importancia a sí mismo. (Mt 20, 28. Mc. 10,45)
Jesús hablaba de Dios con la mayor naturalidad. Dios no era para Él el amo fatal que manda cuanto se le antoja, que condena cuando le agrada, que salva cuando le parece bien. El Dios de Jesús es ante todo un Padre que siempre quiere lo mejor para sus hijos. (Lc 12, 22s; Mt 6, 25s) Qué clase de padre tuvo que haber sido José que pudo descubrir en el Todopoderoso a un padre de bondad y misericordia.
Jesús vibraba con la naturaleza. Una puesta de sol o una mañana, el lago o el desierto lo sumían en profunda contemplación. Su amor a la naturaleza le proporcionaba a cada instante imágenes expresivas y llenas de vida. Su predicación era alegre y optimista, saturada de la sencillez de los campos. Amaba las flores y ellas le ofrecían las lecciones más sugestivas. Por su mente, su palabra y oración desfilaban los pajaritos del cielo, el mar, las montañas, el desierto, los juegos de los niños, el partir del pan de un papá en la mesa familiar. Él mimo parecía como una flor en el campo.
La actitud de fe y confianza de Jesús le da una gran seguridad de sí mismo. Podríamos decir que cree en sí mismo porque cree que Dios es su Padre. Aún en los trances más difíciles no necesita pedir consejo a ninguna persona, ni siquiera a sus amigos más íntimos. Por seguridad no es autosuficiencia, es la manifestación de la confianza en su Padre (Lc 22,33s).
Su religiosidad se fue dando, por tanto, de manera paulatina y progresiva de tal manera que con una base sólida y convicciones firmes pudo llegar a ser, desde el orden humano, un hombre que aprendió a vivir según lo aprendido por sus padres y según la voluntad del Padre.
En conclusión, Jesús fue un hombre de su tiempo, profundamente religioso. Un excelente conocedor de los textos sagrados de su pueblo; un asiduo participante de las fiestas religiosas de su comunidad, que a la vez sorprendía por su espontaneidad en la relación con Dios. Jesús de Nazaret, fue, en suma, un hombre de una gran piedad.
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